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Del Amazonas a Bogotá por tierra

January 13, 2017

DE LETICIA A MANAOS

Este viaje se me antojó desde diciembre de 2014 cuando fui a Leticia, la capital del Amazonas colombiano. Me enteré entonces de un barco al que los locales llaman crucero y que va hasta Manaos, la capital del Amazonas brasilero, en 4 días y que no cuesta más de 200 reales (160 mil pesos, 50 dólares). Desde entonces pensé que regresaría a Leticia para viajar en este “crucero” donde por poco dinero se recorre el río más caudaloso del mundo y porque además me contaron que el viaje incluye la comida, porque claro es un crucero.
El viaje era muy atractivo porque me resultaba inédito entre las historias de viajes que conocía y además los comentarios que oí los siguientes dos años de quienes lo habían hecho o conocían a alguien que lo había hecho, eran bastantes positivos. Que la comida era muy buena y que se conocían viajeros de todos lados.

La ruta
Leticia comparte su espacio urbano con Tabatinga, ciudad brasilera. No he visto el límite entre los dos países allí ni lo he buscado, ya que en Leticia se consiguen buses a Tabatinga como si fuera otro barrio de la ciudad y viceversa. La integración urbana se nota en que se pueden pagar los pasajes de bus y comprar cualquier cosa o con Reales o con Pesos, ojo con una conversión de 1 x 1000, desventajosa para quienes tienen Reales y van a comprar algo con un precio fijado en Pesos, ya que el precio del Real apenas supera los 800 pesos.
Algunos meses después de mi primer viaje al Amazonas, conocí a un amigo que había hecho el recorrido en el barco pero desde Manaos hasta Leticia, que había llegado a Manaos cruzando Venezuela y entrado a Brasil por una ciudad llamada Boavista. El viaje de esa forma me pareció más atractivo, conocería un nuevo país, que por la devaluación de su moneda me resultaría más barato y terminaría haciendo el viaje en barco contracorriente, por lo que me tardaría no 4 sino 7 días. Pero como por más de un año la frontera de Colombia y Venezuela estuvo cerrada, tuve que estar atenta a una posible apertura para planear el viaje. Sin embargo, en este tiempo pasó algo positivo para reducir gastos y fue que pasaron a ser tres las aerolíneas grandes que tienen la ruta Bogotá-Leticia y la tercera era de bajo costo.
El día que debía empezar mi viaje, para estar exactamente tres semanas después de regreso a Bogotá, el Presidente de Venezuela ordenó cerrar la frontera con Colombia. Entre los contactos que tenían por Couchsurfing en Cúcuta, la ciudad fronteriza en Colombia, y los de San Cristóbal en Venezuela, habían diversas opiniones respecto a lo que sucedería, si el cierre se prolongaría hasta 2017 o si era solo por un par de días y que por eso podría arriesgar a irme. Pero en menos de 24 horas coincidieron en que la situación era muy difícil, había más incertidumbre porque el billete de más alta denominación, el de 100 Bolívares, lo habían sacado de circulación, provocando protestas en Venezuela y haciendo cerrar las casas de cambio en Cúcuta.
Como ya tenía el vuelo comprado por Viva Colombia de Leticia a Bogotá debía viajar, pero si la frontera estaba cerrada nunca llegaría. Por otro lado, si cambiaba el vuelo debía pagar la multa. Finalmente, decidí viajar inmediatamente a Leticia y pagar la multa. Esperaba que las fronteras de Venezuela (tenía que cruzar dos: Brasil-Venezuela y Venezuela-Colombia) estuvieran abiertas cuando estuviera retornando, antes de 2 semanas.

En Leticia
Al llegar a Leticia encontré a un mototaxista paisa que me llevó al lado brasilero de esta ciudad binacional. En Tabatinga debía hacer sellar mi pasaporte para viajar en el barco y averiguar por el pasaje, que se supone sería para el sábado (era jueves) porque según me habían informado tanto en Manaos como en Leticia los barcos solo salían miércoles y sábado. La verdad es que son varios barcos, así que hay salidas cuatro días a la semana y el siguiente saldría ese viernes, así que solo tendría que estar un día en Leticia.
Creí que empezaría el viaje ahorrando plata al salir rápido de Colombia, pensé que de por sí no gastaría mucho porque el barco no compraría nada y en Venezuela sería “millonaria”. Sin embargo, el asunto del dinero me empezó a hacer sufrir desde el aeropuerto porque tuve que pagar el impuesto fronterizo, que en el viaje anterior a Leticia no pagué; además le compré los reales en Tabatinga a otro paisa y allí son más caros que en Leticia; no conseguí descuento de la vendedora de los pasajes, quién además quiso hacer la conversión 1:1000 cuando le dije que me faltaban 70 Reales, pero preferí ir con el mototaxista a comprar más eales (ahí en Tabatinga).
El ahorro en Leticia se dio porque no pagué hospedaje, ya que allí vive hace menos de un año la mamá de unos primos míos que es nativa. Gracias a ella tuve la suerte de conocer en su trabajo a un caleño que me llevó a tomar Chuchuazá, bebida típica de la zona que es muy barata y que me llevé al barco.

Fénix II
Llegué pasadas las nueve de la mañana del viernes al Muelle, casi 3 horas antes de la hora de salida, porque me recomendaron conseguir un buen lugar en el barco para ubicar la hamaca en la que dormiría 4 noches. La búsqueda del buen lugar empezó por subir al segundo piso del barco y al lado de un sueco y un portugués me quedé cerca de las ventanas con vista a la proa. El buen lugar estaba también cerca al televisor, que en ocasiones se prendía para ver los shows de la mañana de la televisión brasilera o telenovelas.
La mayoría de los viajeros eran habitantes de Tabatinga, de los pueblos por donde pasa el barco y de Manaos; muchos de ellos indígenas Tikunas. También iba una familia de chocoanas que llegarían solo hasta la mitad del camino y una familia de peruanos que venía desde Iquitos para radicarse en Manaos (esa es otra ruta, el viaje se podría hacer hacia el oeste Leticia-Iquitos).
Además de los europeos, entre mi grupo de amigos del barco estaba don Alberto, un economista jubilado de Bogotá que conoce muy bien el Amazonas y Brasil en general, y Ernesto un caleño que planeaba encontrarse con unos amigos que hacen arte circense en Brasilia. A diferencia de Alberto, Ernesto no tenía ni idea de las rutas en Brasil ni de los lejos que estaba Brasilia.
Las paradas eran más o menos cada 12 horas, en las que esperaba que se bajaran pasajeros, porque estábamos hacinados con poco espacio entre hamacas; pero se bajaban pocos y se subían más. Las paradas me servían para bajar y ver el barco desde afuera. Estas paradas eran verdaderos acontecimientos, como en una en la que mis compañeros aprovecharon para abastecernos de cachaza.
Los días se pasaban entre dormir en la hamaca, leer, hacer las colas para recibir las tres comidas, jugar con los niños, conocer cada noche a alguien que nos contaba su historia de vida y al final sentarnos en la noche en la proa, que también se convirtió en el lugar de encuentro de los adolescentes del barco.
Tomamos caipirinhas en las dos primeras noches, luego empezamos a comprar cervezas a 5 reales. Tuvimos como política no hacer colas largas para recibir la comida, pero no la pasábamos como una hora revisándolas hasta que se acortaran. La política de “no cola” nos dejó sin carne el último día, el único en el que hubo más que frango (pollo). Las comidas en el Fénix II eran siempre fríjoles, pasta, pollo y arroz, acompañados por la local e indispensable Farinha.

Las requisas
Cada día teníamos visitantes, los de la Policía Federal, quienes pasaban por cada hamaca haciendo preguntas y pidiendo pasaportes. La visita nos parecía innecesaria porque si buscaban droga cómo la encontrarían si no revisaban las maletas y además nos dejaban paralizados en nuestro lugar hasta que ellos terminaran la requisa en todo el barco. En la segunda parte de mi viaje añoraría la actitud de los federales brasileros, al conocer la guardia venezolana.
A los tres colombianos del interior, quienes supongo somos la población con mayor probabilidad de llevar cocaína por esta ruta, algo habitual según me contaron en Leticia y Manaos, nos trataron de forma diferencial. Debo decir que mi piel es blanca y recién llegada de Bogotá, poco bronceada, estaba incluso más blanca que el sueco. En una de las requisas les pidieron los pasaportes a mis vecinos europeos y cuando fue mi turno y dije que era colombiana, esperé inmediatamente que revisaran el mío, pero ni siquiera me lo pidieron. Alberto también consideró que lo trataron bien, pero Ernesto no, porque era llevado lejos de los demás y requisado totalmente. Ernesto es muy joven, tiene 26 años y conserva los rasgos mestizos de su región de origen, el Caquetá.

Llegada a Manaos
Entre las historias de los pasajeros, como la del niño huérfano que llegó a vivir con su tía, las de quienes pasarían la navidad en la grande y como ellos mismo decían, peligrosa Manaos y las de quienes llegaban a empezar de cero, estaba la de un muchacho Tikuna, líder en su comunidad y licenciado en geografía. Marcelo, estudió en Tabatinga y habla muy bien español porque para él, un tikuna brasilero, es más fácil que el portugués. Me dijo que la presencia de los pastores cristianos en su comunidad (las iglesias no católicas abundan en Tabatinga) era bastante positiva, porque muchos jóvenes como él estaban yendo a estudiar a las universidades de las ciudades, aplazaban la paternidad y consumían menos licor. Que además se han empoderado más y que están desarrollando actividades que los hacen sentir orgullosos de su cultura, como los Juegos deportivos Tikunas. Marcelo esperaba encontrar trabajo en Manaos, pero lamentaba que si eso sucedía tendría que reducir su participación en la organización de estos eventos.
La vista en la última media hora del viaje empezó con el Interfluvio, que es el encuentro de las aguas del Solimoes (Amazonas) y del río Negro. En el día nos habíamos lamentado porque lo cruzaríamos de noche, pero sorpresivamente si lo pudimos ver. Luego se ve por un lado un puente de un par de kilómetros, que según nos dicen es nuevo y que conecta la ciudad con uno de los poblados al que antes tenía que llegarse por el río y por el otro lado está la infraestructura de Petrobras.
El barco llegó a Manaos el lunes a la medianoche y nos dejaron dormir allí para que no saliéramos a buscar dónde quedarnos a esa hora. Por fin tuvimos suficiente espacio para reacomodar las hamacas.

En Manaos
En la mañana solo tuvimos que caminar un par de cuadras para encontrar el casco histórico y la zona de hostales, aunque no eran tan baratos por lo que preferimos un hotel donde nos daban habitaciones de dos camas a 22 reales por persona. Solo fue salir a dar una vuelta para encontrarnos con el Teatro Amazonas, construido durante la bonanza cauchera del siglo XIX, con la fortuna de que llegamos a tiempo para una visita comentada gratuita.
Alberto nos abandonó pues se encontró con su novia, que venía de Belém y yo esperé en la tarde la visita de la que sería mi Couch, quién nos sugirió a mí y a Ernesto ir al Bar do Armando, un bar muy conocido en la ciudad, a dos cuadras del hotel, donde se toca música popular brasilera. Al mismo bar regresamos en la noche solo los 4 del hotel y allí conocimos más gente que vive en la ciudad, tanto nativos como extranjeros.
El miércoles mi Couch ya fue recogerme para ir a su casa y en el camino nos llevó a los 4 del hotel y del barco a la playa del río Negro. Esta fue otra buenísima sorpresa, igual que encontrar el teatro, porque la playa está limpia, es grande y al mediodía va muy poca gente. Manaos es una ciudad moderna, muy parecida a ciudades colombianas de similar tamaño como Cali, pero tiene un encanto adicional y es la playa.
Laila, mi Couch, vive muy lejos del centro en un conjunto cerrado con piscina y al igual que el sueco le gusta el rock duro. El sueco con la presencia de Laila participó menos en las conversaciones porque su español aunque su español es excelente entiende menos que Ernesto y yo el portugués. Pero Laila para mi sorpresa también había leído el mismo libro que entretuvo a Renny el sueco, en el barco, la biografía de Lemmy Kilmister de Motorhead. Digo que para mí sorpresa, porque en el barco traté de averiguarle que tenía de interesante la vida de Kilmister. El libro en su versión sueca terminaría un par de semanas después en un hostal de Medellín.
Dos días después en la mañana saldría para Presidente Figueredo, el primer pueblo en la ruta a Boavista.

Carona no Roraima
A Presidente Figueredo llegué antes del mediodía donde empezaría a “echar dedo” a pedir carona o hacer auto-stop. Conseguí que el empleado de una pedrera me adelantara más de 50 kilómetros hasta una estación de gasolina y allí esperé por alrededor de 20 minutos hasta que un camionero que ya me había visto en Figueredo paró para llevarme hasta su destino, Rorainópolis.
Elías, el conductor, tenía opiniones políticas contrarias a las mías, así que traté de salir rápido del único momento incómodo de una conversación que duraría las 8 horas del viaje y volví a temas más ligeros. Creo que sus viajes a Venezuela le han dado algo de comprensión de los hispanoparlantes, tanto como para charlar conmigo en mi mal portugués.
Ese viernes 23 de diciembre salí del estado de Amazonas para cruzar el estado fronterizo de Roraima. De ese día esperaba poco, solo quería llegar a mi destino, pero en el camino Elías me fue contando de la reserva indígena que se encuentra en el camino, paró para que tomara la foto del monumento de la línea del Ecuador en territorio brasilero (no había caído en cuenta que pasaría del hemisferio sur al norte) y me explicó que la tierra iba cambiando de color en el camino. Que no era granizo la blanca y que abunda la roja. No vi serpientes ni me bajé a buscar tarántulas (sugerencia de Elías) pero las historias que me contó mi compañero de viaje de los animales que ve él normalmente en este camino fueron suficientes.
Llegamos a las ocho de la noche a Roiranópolis. Unos kilómetros antes esperé a que Elías descargara lo que llevaba en el camión y me quedé en un hotel frente a la Rodoviaria (el terminal de transportes) donde compré el tiquete de bus que saldría al día siguiente en la mañana para Boavista.

VENEZUELA: NO HAY MAL QUE DURE 100 AÑOS
Boavista es la capital del estado de Roraima, según Elías es casi tan grande como Manaos y para mi amigo, el que me antojó de este viaje, fue el inicio de su paso Brasil, la ciudad donde se quedó a trabajar varios días para sustentar el resto de su viaje por ese país que nos resulta más caro que Colombia y por supuesto mucho más caro que la devaluada Venezuela.
Como llegué un 24 de diciembre y los rumores decían que las fronteras de Venezuela solo estarían abiertas el 24, el 25 y el 31 de diciembre (y me quedaban pocos Reales), decidí no quedarme en Boavista y pasar a Venezuela inmediatamente, para llegar a San Antonio del Táchira en la frontera con Colombia el 31 de diciembre por tardar. Ahí empecé a padecer con los pagos de carros y buses porque por la fecha no vi buses urbanos y cogí de afán un taxi al Terminal del que salen los carros para Santa Elena de Uairén en la frontera.
En el carro iban una brasilera con su hijo y dos pasajeros venezolanos, un hombre y una mujer, que estuvieron hablando de la situación de su país. El hombre contó que alguna vez había decidido no irse nunca de Santa Elena de Uairén pero ahora entre la inseguridad y la pobre situación económica no sabía qué hacer. La mujer le contó que tenía un hijo de solo un año en Santa Elena y que le partía el corazón cada semana cuando lo dejaba, pero que no tenía más opciones que salir a trabajar a Brasil para ganar en Reales. A ella la recogería su padre cuando llegáramos y él correría a ver a su esposa embarazada. La única voz de aliento que se dieron entre sus quejas fue decir que no hay mal que dure 100 años.
La frontera debía cruzarse a pie y allí cogería otro carrito hasta el Terminal. El señor venezolano me mostró a los cambistas pero no quiso que le preguntara nada más, tal vez por el temor que le daba una desconocida. Recibí varios fajos de billetes que sumaban decenas de miles de Bolívares. Los cambistas entregan paquetes de billetes, como los que recibiría quién va a retirar su fortuna en efectivo.
Sellé el pasaporte de salida con un funcionario de la migración brasilera, que me despidió de su país preguntándome si estaba cansada. Es que la mayoría de los brasileros fueron amables, incluso en la calificada por muchos como violenta Manaos (una semana después hubo motines en las cárceles de Manaos y Boavista que fueron titulares hasta en Colombia). Por ejemplo, en Manaos antes de irme, la chófer del bus que me llevó al Rodoviario no me dejó pagarle el pasaje. También tuve una maravillosa familia anfitriona, a los que le dejé un souvenir reciclado porque los abuelos de mi Couch, Laila, tenían una bandera de Colombia que les había regalado un hincha en el Mundial y que usé para firmarles dándoles las gracias.
En cambio, cuando llevé el pasaporte a los funcionarios venezolanos para poder entrar a su país, no encontré ni siquiera un saludo; al contrario la mujer que me atendía llamó a otra en voz alta preguntándole qué problema tenían con los colombianos. Y la respuesta era que había que revisar bien si la entrada y la salida de la persona eran frecuentes por la misma frontera o si era pasaporte fronterizo.

A Puerto Ordaz
En el carro al Terminal el chófer dijo que no habían buses para salir de Santa Elena, que el último había salido en la mañana, que el siguiente saldría para Puerto Ordaz el 28 de diciembre y que si habían carritos cobrarían 60 mil bolos (el salario mínimo venezolano aumentado un 50% por el presidente Maduro en enero de 2017 no alcanza los 50 mil bolívares). Al parecer la estrategia de Maduro de sacar el billete de 100 bolos de circulación semanas antes le había funcionado, el Bolívar se había fortalecido. Y era 24 de diciembre. Entregué por un viaje de 12 horas 400 billetes de 100 bolos, además de los Reales que pagué con el cambio que fija un usurero en un día festivo. Claramente, yo no era millonaria en Venezuela.
Este viaje terminaría a medianoche advirtió el chófer, quién si sería “millonario” con todo lo que íbamos a pagar los 4 pasajeros. Nos contó su vida, sus amores y su fe cristiana (la mencionó para decir que no disfrazaba a su hija en Carnaval) y así encontraría cristianos por todo Venezuela. La mayoría de las personas se han refugiado en la fe, repiten que no hay mal que dure 100 años o están confiados en lo misteriosas que son las formas de obrar del Señor.
Tres de los pasajeros del carro nos quedaríamos a dormir en el Terminal de Puerto Ordaz para no pagar hotel. Yo lo decidí porque mis Couch en Venezuela estaban en Caracas y San Cristóbal y porque ya había pagado 60 mil bolos en un solo pasaje de carro. Una de las personas que se quedó conmigo fue una chica que venía de trabajar en una mina de oro y que iría a pasar navidad con su familia. Con 19 años, mi nueva amiga ya era mamá de una niña de 4 años y me sugirió que pidiéramos cola (carona…) en la mañana. Ella iba a su ciudad, Calabozo, lo que me quedó sonando a metáfora de mi viaje por su país.
Lo último que admiré del paisaje venezolano había sido en la tarde de navidad, en el trayecto de Santa Elena de Uairén a Puerto Ordaz; vi un tigre en la carretera y varias cascadas cascadas; pasé del calor al frío; superamos largos tramos de niebla, de lluvia y de algún resbalón del carro. Yo iba al lado de el chofer tratando de no quedarme dormida y contando los huecos que el ya conocía. Mis siguientes viajes serían totalmente de noche y no dormiría en una cama hasta llegar a Bogotá 4 días después.
En la ruta Santa Elena-Puerto Ordaz también tuve que soportar y esperar con jartera las Alcabalas, que son los retenes fijos de la Guardia Venezolana. Los esperé con jartera porque en el segundo me hicieron sacar todo lo que tenía en el morral y me acosaron a meter las cosas rápidamente cuando terminaron de revisarlo. Con jartera porque desde Colombia me decían que la Guardia me pediría dinero. Con jartera porque la señora venezolana que iba en el carro a Santa Elena dijo que había oído que los de la Guardia se hacían en las montañas cuando la frontera estaba cerrada para cobrar el paso por las rutas ilegales. Con jartera porque la chica minera dijo que no había llevado ninguna piedra preciosa de su mina para evitar que la Guardia se la quitara. Y las esperé con jartera porque serían 7, lo que consideré excesivo para un país que no está en guerra.
Si la chica minera venía de recibir un buen salario, tanto para pagar los precios similares a Colombia de las tiendas de terminal o del camino y si el chófer tenía una historia de triunfador con éxito económico, después de crecer en un barrio de malandros que no llegaron a viejos para contar su historia; en Puerto Ordaz empezaron las historias más duras de fracaso. Allí encontré dos colombianos: un baranquillero de hijo maracucho que iba a cuidarle el apartamento porque este vive en Panamá y que se quedaba también en el Terminal hasta que fuera de día para coger un bus urbano y no pagar un taxi; y un joven medio loco que repetía lo mismo después de explicarle que estaba equivocado, él buscaba el Canal de Panamá y venía de Colombia (si saben de geografía entienden lo mal que estaba el tipo). La única solución que le dimos colombianos y venezolana al que buscaba el Canal de Panamá era irse a trabajar a la mina de oro llamada Panamá que está en la frontera con Brasil.
Desde Puerto Ordaz empecé a comer poco porque alrededor del terminal no había nada abierto. Esperamos en la mañana para tomar algo en el único local que abrieron el 25 de diciembre, luego de comprarle unas galletas a la señora de los tintos. El dinero se me estaba acabando muy rápido, pero me animaban diciendo que saliendo de esta zona del país, ya en Caracas, todo era más barato. Las minas de oro parecían distorsionar aun más los precios por lo alto.
Poco después de llegar al Terminal a las dos de la mañana llegó un bus y la amenaza de los chóferes de carritos de no conseguir uno el 25 de diciembre nos pareció una estrategia sádica para conseguir pasajeros. Como No podíamos darnos el lujo de pagar otro carro esperamos hasta las 6 de la mañana que empezó a moverse el bus. Cuando salió su “tripulación” supimos que no sería fácil salir de ahí porque ellos esperarían a que el bus se llenara para salir. Y además no pasaban carros para intentar “echar dedo”.

A Valencia
Llegamos a Ciudad Guyana como a las 10 de la mañana y allí tuvimos que esperar hasta las 6 de la tarde a que el mismo bus continuara hasta Calabozo y Valencia. Mi grupo ahora era de 4, la minera, un señor de Puerto Ordaz que iba con su hija de 10 años para Barranquilla y yo.
El hombre que iba para Barranquilla se quejaba de las esperas en los dos terminales diciendo que le daban ganas de regresarse a casa. Su esposa barranquillera se había ido para su ciudad natal hace unos meses con una de sus hijas. No decía que iba a quedarse mucho tiempo pero al terminar nuestro encuentro me contó con más confianza que sus cuñados vivían en Bogotá y que tal vez iría hasta allá a ver cómo le iba, pero que su madre es brasilera y que tiene familia en Manaos por lo que creía que esa ciudad podría ser una mejor alternativa. Y en Manaos ya me había encontrado varios venezolanos, en trabajos informales en la calle, o acomodando las sillas de la playa. Ellos son ahora los compañeros de Ernesto, mi amigo caleño del barco. Esa migración venezolana en Manaos es diferente a la que había visto en Bogotá antes de regresar. Los venezolanos que llegaban hasta el centro de Colombia lo hacían con empleos fijos o con buena educación para garantizar que valiera la pena el traslado. Ahora en 2017 es diferente. Los de Manaos nos contaron que era que tenían un tipo de asilo, pero diferente al de los haitianos, que tenían la residencia pero no ayuda estatal.
La hija del señor me contó que era mecánico y me hizo muchas preguntas a pesar de los llamados de atención de su callado papá que la consideraba impertinente. Pero ella también me contó de su vida, que la mamá en Barranquilla era en realidad su madrastra y que su mamá vivía en Caracas con hijos de diferentes padres. También me dijo que desde que se fue su madrasta se fue podía pasar el día entero sin comer a la espera de su papá, quién llegaba a veces de su trabajo sin dinero. A la niña un día, una vecina amiga de su madrastra, la invitó a almorzar a cambio de que le prestara la olla a presión. La niña fue por su almuerzo sin la olla a presión y la vecina le dijo que sin olla no había almuerzo. Esta no es una historia solo de pobreza venezolana, sé que en Barranquilla, en Bogotá y tal vez en muchos otros lugares de Latinoamérica puede suceder. Lo difícil para nosotras fue verlos abstenerse de comprar comida porque les faltaba mucho recorrido del viaje, por ser dos y porque uno de los dos era una niña.
En ese mismo viaje por ir arropada con mi sleeping, descuidé mi mochila y se salió mi celular para caer en manos del pasajero de atrás que lo estuvo moviendo con el pie según me contó mi amigo mecánico. El me despertó en algún momento cuando vio que ya se salía todo y en el que la mochila estaba cada vez más cerca del pasajero sospechoso del robo. Tardé un tiempo en darme cuenta de mi pérdida y me desesperé porque cumpliría 48 horas incomunicada. Llevaba un ipad que había sido visto por los otros pasajeros del barco sin ser robado pero ya no lo sacaría en ningún lugar público. No tengo fotos de Venezuela.
La minera se bajó en Calabozo y antes de las 6 de la mañana llegamos a Valencia. La pérdida de mi celular y lo rápido que se iban los bolos me hicieron desistir de ir a Caracas. Quería llegar lo más rápido posible a la frontera para esperar la reapertura de la frontera. Le pregunté al mecánico de Puerto Ordaz si podía coger un bus a San Cristóbla directo y me dijo que sí. Y si lo conseguí y lo pagué como lo había hecho desde que entré a Venezuela, a un vendedor fuera de una taquilla, que resultó ser un ladrón que para despistarme se me llevó el pasaporte con los 7 mil bolos que le di para mi pasaje.
Me acerqué a otro vendedor de pasajes a San Cristóbal que se alteró cuando le pregunté si conocía al señor con el que me había visto y que después de calmarse me dijo que esperara. Le conté mi historia a una señora colombiana que con duda razonable me terminó ofreciendo que pasara el día en su casa, mientras salía el bus a San Cristóbal a las 5 de la tarde. El vendedor me dio el pasaje pero no me lo cobró hasta que le die que me iría con la señora, el se alteró de nuevo, e insultó a la señora porque él quería llevarme a un lugar para que me bañara y pasara el día.
Gloria, la señora colombiana, me acompañó a recorrer todo Valencia hasta encontrar el lugar correcto para poner el denuncio, porque desde que salimos del Terminal, ni los de la Guardia ni los de las siguientes estaciones de Policía nos daban las indicaciones correctas de a donde ir y como llegar. Para mí sorpresa, como habitante de una ciudad de 8 millones de habitantes sin Metro, en Valencia hay Metro, pero a pesar del Metro sentí la decadencia de una ciudad que alguna vez fue un epicentro de la industria venezolana. Los edificios se deterioran y los buses son viejos y aun no tienen los sistemas de pagos con tarjetas como en las ciudades grandes colombianas o brasileras.
Venezuela fue uno de los países más ricos del continente y recibió la migración de millones de colombianos, entre ellos a Gloria y sus 11 hermanos boyacenses, a uno de los que conocí en la tarde y quién se puso muy nervioso con mi historia de robo y por eso decidió acompañarnos al Terminal. Temíamos también que el vendedor nos hubiera robado y no existiera el bus de las 5. Los dos estaban muy delgados y Gloria me dijo que había bajado 8 kilos, que esperaba recuperarlos en Colombia, a donde habían regresado la mayoría de sus hermanos y donde estaba también su hija. Espera regresar a Venezuela para concretar lo de su ciudadanía, pero le gustaría irse luego a otro país, ya sea Estados Unidos o a Ecuador. Gloria también quiere encontrar una pareja y le preocupa que de hacerlo no pueda realizar uno de estos viajes.
En el bus nos tocó en diferentes puestos, así que encontré un nuevo compañero de charla, el chamo vive en Valencia pero iría a pasar año nuevo con su familia materna a San Cristóbal. Nostálgico chavista, me aseguró que en el gobierno del Comandante eran felices, pero no lo sabían, que él había llegado muy joven a Valencia a buscar trabajo, que en poco tiempo ahorró y se compró una casa, pero que ahora mentía el que decía que podía ahorrar. Dijo que ya no había dinero para beber cada fin de semana y que debía tener dos empleos si quería sostener sus gastos.

Chao Bolos
En San Cristóbal esperamos a que el chófer de un carro, amigo del hermano de Gloria, consiguiera los pasajeros que le faltaban para ir hasta San Antonio. Pagamos dos mil o tres mil bolos cada una y tuvimos una conversación con una pareja de antichavistas y el chófer, un chavista que estuvo de acuerdo con ellos en muchas cosas, como la falta de un liderazgo adecuado en la oposición y la difícil situación económica. El chófer, con acento del oriente colombiano (de santandereano, nos dijo que era venezolano y nos explicó con claro conocimiento de la política cambiaria de Colombia y Venezuela, que la culpa de e pasaba al Bolívar era de las mafias en Cúcuta y del gobierno colombiano que desde el Presidente Pastrana tenía leyes que favorecían el intercambio ilegal de la moneda de su país. El chófer dejó de hablar cuando cambiamos de tema al proceso de paz en Colombia y a la telenovela que estaba por salir al aire sobre la vida de Chávez, con actores colombianos.
En San Antonio sentí la libertad de gastarme todos los bolos que me quedaban, en Colombia me pagarían poco con ellos y quería que Gloria y yo tuviéramos un buen desayuno. Ella ya me había invitado a almorzar en su casa y me había contado de las filas que debían hacer para conseguir el mercado.
A pocos metros del restaurante estaba el paso fronterizo y de nuevo caminando cruzamos a Colombia, sin revisiones de la Guardia y acompañadas de cientos de personas con todo tipo de equipaje. La frontera no se había vuelto a cerrar y por eso también había cancelado mi estadía en San Cristóbal, para irme pronto. Ya el paisaje montañoso de casi todo Colombia nos acompañaba y nos despedía una valla con las fotos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Nos recibía una valla sin fotos pero con el logo de la Dian.
En el Terminal al que nos llevó el bus urbano que cogimos en la entrada de Cúcuta me separé de Gloria, porque yo no me quería mover más y ella quería ir hasta otro Terminal a comprar los tiquetes de Rápido Ochoa. Guardé su número de teléfono fijo en Bogotá en un papel que perdí al volver a casa e irme a Ibagué a pasar año nuevo. Creíamos que el robo en Valencia nos había servido para hacernos amigas, pero ya nos perdimos.
El Terminal de Cúcuta es como un centro de casas de cambio con venta de pasajes. Vendí los pocos bolos que me quedaban y le di los de poca denominación, que nadie compra, al muchacho que iba en el carro y quién me contó que pensaba quedarse en Bucaramanga, pero que tenían que devolverse a la frontera a sellar el pasaporte porque les pedían que mostraran el pasaje. Aun no entiendo para qué, el dijo que se los había solicitado la migración colombiana y lo mismo dijo un venezolano en el bus a Bogotá. En el Terminal el chamo del carro tenía otra cara, estaba aburrido y también preocupado por el precio del pasaje a Bucaramanga.
De Cúcuta a Bogotá
En el bus a Bogotá, que tardaría 15 horas, también llegó el momento de la charla sobre la situación venezolana, que se dio entre varios pasajeros, la mayoría venezolanos. A mí lado iba una colombiana, que me contó que nació en Palmira, creció en el Quindío, donde viven la mayoría de sus familiares y que lleva un par de décadas en Venezuela, donde con su hermano tienen una granja de pollos que les ha permitido darles educación a sus hijos, viajar y que aun se permiten negarse a hacer filas para conseguir la comida. Asegura que hay que tratar ser flexibles y cocinar con lo que se tiene, pero que su negocio ha decaído porque ya no pueden criar tantos pollos por la falta de comida y que le resulta difícil comprarle los libros que le piden a su hija en la universidad.
Al igual que otro pasajero venezolano, desarrollador de software, que iba para Bogotá a quedarse a trabajar, la señora colombiana culpaba de la situación de Venezuela a las políticas populista sin objetivos claros, que son claramente clientelistas y que permitieron beneficiarse a los más vivos y aun hoy a los militares, pero que tienen acabado el Estado. Su viaje lo hacía no solo para pasar el año nuevo con su familia, sino para hacerse un tratamiento médico complejo, ya que en San Cristóbal no encuentra los suficientes elementos en los hospitales para que la atiendan.
Terminé el viaje dos semanas después de haber salido de Bogotá por aire hacia Leticia, luego por agua hasta Manaos y que terminé por tierra desde el Amazonas brasilero y cruzando de afán Venezuela.
Este recorrido final tardó más de lo que esperaba, pero con las luces de la Navidad de los pueblos santandereanos.

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One Comment
  1. javier permalink

    WAO luisa. lo lei completo jeje.. de verdad q fue una travesia ruda. te felicito

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